Mucho antes de que existieran observatorios modernos, satélites o aplicaciones capaces de anunciar un eclipse con décadas de antelación, un erudito nacido en Huesca contribuyó a llevar a la Europa cristiana algunos de los conocimientos astronómicos más avanzados de su tiempo.
Su nombre era Moshé Sefardí. Tras convertirse al cristianismo en 1106 adoptó el nombre de Pedro Alfonso (Petrus Alfonsi) y pasaría a la historia como uno de los grandes transmisores de la ciencia árabe y judía al Occidente medieval.
Hoy algunos lo recuerdan como astrónomo, otros como médico, filósofo o escritor. Sin embargo, una de sus aportaciones más fascinantes fue la difusión en Europa de técnicas astronómicas que permitían calcular con gran precisión los movimientos de los astros y predecir fenómenos como los eclipses.
Un judío de Huesca que acabaría cambiando la ciencia europea
Pedro Alfonso nació en Huesca durante el siglo XI en el seno de una familia judía. Su nombre original era Moshé Sefardí y recibió una sólida formación en matemáticas, medicina y astronomía, disciplinas que en aquel momento alcanzaban un gran desarrollo en el mundo islámico.
En 1106 se convirtió al cristianismo en una ceremonia celebrada en la catedral de Huesca. Su padrino fue el propio Alfonso I de Aragón, conocido como Alfonso el Batallador, de quien tomó el nombre de Pedro Alfonso.
A partir de entonces inició una intensa actividad intelectual que lo llevaría a Inglaterra, Francia y otros territorios europeos donde enseñó astronomía y divulgó conocimientos procedentes del mundo árabe.
El hombre que introdujo el astrolabio en gran parte de Europa
Una de las contribuciones más importantes de Pedro Alfonso fue la difusión del uso del astrolabio.
Este instrumento permitía calcular posiciones astronómicas, medir alturas de estrellas, determinar la hora y realizar complejos cálculos celestes que para la mayoría de europeos de la época parecían auténtica magia.
Sus discípulos ingleses dejaron constancia de que enseñó el uso del astrolabio y de las tablas astronómicas árabes, contribuyendo decisivamente a que Europa occidental accediera a conocimientos que ya se utilizaban desde hacía siglos en el mundo islámico.
¿Realmente podía predecir eclipses?
Sí.
Aunque hoy pueda parecer algo sencillo, en el siglo XII predecir eclipses era una tarea extraordinariamente compleja.
Gracias al conocimiento de las órbitas aparentes del Sol y la Luna y al uso de tablas astronómicas, los astrónomos podían determinar cuándo ambos cuerpos celestes se situarían en posiciones que permitieran la aparición de eclipses.
Pedro Alfonso escribió obras científicas como De Astronomia y De Dracone, relacionadas con el cálculo de movimientos astronómicos y posiciones celestes. Los testimonios conservados indican que mediante estas herramientas era posible calcular con una precisión inédita para la época la posición del Sol, la Luna y los planetas visibles.
El misterio del Dragón
Una de las partes más llamativas de esta historia es la referencia al dragón.
Los astrónomos medievales utilizaban los conceptos de Caput Draconis (Cabeza del Dragón) y Cauda Draconis (Cola del Dragón) para describir los puntos donde la órbita de la Luna cruza la eclíptica, es decir, la trayectoria aparente del Sol en el cielo.
Los eclipses sólo pueden producirse cuando el Sol y la Luna se encuentran cerca de estos nodos.
Por eso, desde la Antigüedad, muchas culturas asociaron estos fenómenos a la figura simbólica de un dragón que devoraba temporalmente al Sol o a la Luna.
Pedro Alfonso contribuyó a divulgar este conocimiento astronómico dentro de la Europa cristiana medieval, donde todavía convivían explicaciones científicas con interpretaciones mágicas y religiosas.
¿Tuvo relación con Merlín y el rey Arturo?
Aquí entramos en el terreno de las hipótesis y las interpretaciones.
Algunos investigadores y divulgadores han señalado paralelismos entre los conceptos astronómicos del dragón utilizados por Pedro Alfonso y ciertos símbolos presentes en las leyendas artúricas medievales.
Sin embargo, no existe una prueba histórica sólida que permita afirmar que Pedro Alfonso inspirara directamente al personaje de Merlín o que estuviera relacionado con el origen de la leyenda del rey Arturo.
Lo que sí parece claro es que los conocimientos astronómicos difundidos por sabios como él circularon ampliamente por Europa y formaron parte del imaginario intelectual de la Edad Media.
Mucho más que un astrónomo
La fama de Pedro Alfonso no se debe únicamente a la astronomía.
También fue médico, filósofo y autor de la célebre Disciplina Clericalis, una colección de relatos y enseñanzas orientales que ejerció una enorme influencia en la literatura europea posterior.
Autores como Boccaccio, Cervantes, Don Juan Manuel o incluso algunos cronistas medievales utilizaron historias cuya difusión en Europa comenzó gracias a esta obra.
El sabio aragonés que adelantó a su tiempo
Mientras gran parte de Europa seguía interpretando los eclipses como presagios divinos o señales sobrenaturales, Pedro Alfonso enseñaba que podían calcularse mediante observación, matemáticas y astronomía.
Aquello que para muchos parecía magia era en realidad ciencia.
Y precisamente por eso, casi mil años después, el antiguo rabino de Huesca convertido en erudito cristiano sigue siendo una de las figuras más fascinantes de la historia intelectual de Aragón y de la Europa medieval.
