Teresa Gómez Rubio: la otra envenenadora de Valencia

2 junio, 2026
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Investigación exhaustiva sobre uno de los crímenes más oscuros de la posguerra valenciana

Cuando se habla de asesinas con arsénico en Valencia, casi todo el mundo recuerda a Pilar Prades. Su caso se convirtió en símbolo de la crónica negra española y terminó incluso inspirando parte del imaginario de la película El verdugo de Luis García Berlanga.

Pero antes de Pilar Prades existió otra mujer.

Más silenciosa.
Más olvidada.
Y probablemente más aterradora.

Su nombre era Teresa Gómez Rubio.

Entre 1940 y 1941 sembró el miedo en una elegante vivienda del Ensanche de Valencia utilizando un arma prácticamente invisible para la época: el arsénico.

La historia ocurrió en plena posguerra franquista, en la calle Cirilo Amorós, en el corazón de la Valencia burguesa. Y terminó muchos años después con el sonido seco del garrote vil en la Prisión Modelo de Valencia.


La Valencia de la posguerra: hambre, miedo y silencio

Para entender el caso hay que situarse en la Valencia de 1940.

La Guerra Civil acababa de terminar. España vivía los años más duros de represión, cartillas de racionamiento, hambre extrema y miedo político.

Mientras muchas familias apenas conseguían comer, la burguesía valenciana seguía manteniendo grandes viviendas con servicio doméstico en zonas elegantes como el Ensanche. Allí trabajaba Teresa Gómez Rubio como criada interna en la casa de la familia Romaní, situada en el número 46 de la calle Cirilo Amorós —aunque algunas fuentes citan el número 50—.

Teresa tenía alrededor de 33 años.

Era madre soltera de una niña con problemas psiquiátricos y además su pareja se encontraba encarcelada por haber combatido en el bando republicano durante la guerra. Su situación económica y social era desesperada.

Y en aquel contexto comenzó todo.


La obsesión enfermiza de Teresa Gómez Rubio

Las investigaciones posteriores describieron a Teresa como una mujer profundamente desconfiada.

Creía que cualquier nueva empleada doméstica, visita o conocida de la familia Romaní podía provocar su despido.

En la España de 1940 perder un trabajo así podía equivaler literalmente a no comer.

Según diversas reconstrucciones históricas, Teresa comenzó primero robando dinero y joyas de la casa. Pero el miedo a ser descubierta la llevó a algo todavía peor: eliminar a quienes consideraba una amenaza.


El veneno perfecto: arsénico en café y té

El arsénico era uno de los venenos más utilizados de la época.

Muchos insecticidas domésticos contenían arseniato de sodio o compuestos similares. Uno de los productos más mencionados en la prensa de entonces era el insecticida “Diluvión”, que años más tarde también aparecería relacionado con el caso de Pilar Prades.

La ventaja del arsénico era aterradora:

  • no tenía un sabor fácilmente detectable,
  • podía mezclarse en bebidas calientes,
  • y sus síntomas se confundían con gastroenteritis o enfermedades comunes.

En plena posguerra, donde la medicina forense era limitada y la población sufría constantemente problemas digestivos y desnutrición, el veneno pasaba desapercibido.

Teresa lo sabía.

Y empezó a utilizarlo.


Primera víctima: Teresa Domènech Hurtado

La primera intoxicación documentada ocurrió el 23 de marzo de 1940.

La víctima fue Teresa Domènech Hurtado, una joven de apenas 21 años que también trabajaba como empleada doméstica en casa de los Romaní.

Después de comer, Teresa Gómez le ofreció una segunda taza de café.

Aquella bebida llevaba arsénico.

La joven enfermó gravemente, pero sobrevivió inicialmente.

Sin embargo, cometió un error fatal: regresó tiempo después a trabajar nuevamente en la casa.

Según las crónicas de la época, Teresa Gómez volvió a envenenarla en marzo de 1941. Esta vez la dosis fue letal.

Murió nueve días después.


Teresa Gomez Rubio la otra envenenadora de Valencia

Isabel Leonarte: la invitada que nunca volvió a casa

La siguiente víctima mortal fue Isabel Leonarte Barrachina.

Había sido antigua empleada de los Romaní y acudió a una celebración familiar el 1 de octubre de 1940. Teresa le sirvió un café mezclado con arseniato de sodio.

Murió seis días después.

El diagnóstico oficial habló de gastroenteritis aguda.

Nadie sospechó.

Y precisamente esa ausencia de sospechas dio a Teresa una falsa sensación de impunidad.


Pilar Chacón y el momento en que empezaron las sospechas

El crimen que realmente cambió todo fue el de Pilar Chacón.

El 8 de diciembre de 1940 esta mujer, amiga y familiar del entorno de los Romaní, visitó la casa y pidió un café.

Teresa volvió a actuar.

La víctima enfermó, pareció recuperarse… y entonces recibió una segunda dosis, probablemente en una taza de té.

Murió quince días después.

Esta vez las sospechas comenzaron a extenderse dentro del entorno familiar.

Demasiadas mujeres enfermaban tras pasar por aquella casa.


Las supervivientes

Además de las tres víctimas mortales, hubo al menos dos intentos de asesinato más documentados:

  • Consuelo Domènech, hermana de Teresa Domènech, sufrió graves secuelas físicas permanentes.
  • Asunción Izquierdo consiguió recuperarse tras abandonar rápidamente el domicilio.

El error que la delató: el robo

Curiosamente, Teresa Gómez Rubio no cayó por el veneno.

Cayó por robar.

Primero desaparecieron mil pesetas del despacho de Ángel Romaní. Después otras 6.400 pesetas y una joya valorada en 1.800 pesetas, una auténtica fortuna en la España de la época.

Ángel Romaní denunció el robo.

La policía registró las pertenencias de Teresa y encontró el elemento clave del caso:

un bote de arsénico donde además ocultaba parte del dinero robado.

Aquello conectó inmediatamente las misteriosas muertes con la criada.


La exhumación de los cadáveres

Los forenses exhumaron los cuerpos de las víctimas.

Y allí apareció la prueba definitiva:

restos de arsénico.

Existe además un detalle escalofriante mencionado en varias reconstrucciones históricas: el arsénico ayudó parcialmente a conservar los cadáveres.

Aquello permitió detectar el veneno incluso tiempo después de las muertes.


Un juicio eterno

Aunque los crímenes ocurrieron entre 1940 y 1941, el juicio no comenzó formalmente hasta mayo de 1952.

Las razones del retraso siguen siendo poco claras, aunque los historiadores apuntan a:

  • la lentitud judicial de la posguerra,
  • la complejidad forense,
  • y los distintos procesos penales abiertos contra Teresa durante esos años.

El fiscal pidió tres penas de muerte.

La defensa intentó alegar trastornos mentales.

Teresa admitió los robos, pero negó hasta el final los asesinatos.

Inicialmente fue condenada a 142 años de prisión.

Pero el Tribunal Supremo revisó posteriormente la sentencia y la convirtió en pena capital.


El garrote vil en Valencia

La ejecución tuvo lugar el 16 de febrero de 1954 en la Prisión Modelo de Valencia.

El verdugo fue Antonio López Sierra, conocido como “El Corujo”, uno de los ejecutores más famosos del franquismo. Años después también ejecutaría a Pilar Prades y décadas más tarde a Salvador Puig Antich.

El Consejo de Ministros de Franco rechazó conceder el indulto.

Teresa Gómez Rubio murió mediante garrote vil.

Tenía alrededor de 47 años.


El paralelismo con Pilar Prades

El caso de Teresa Gómez Rubio parece casi un ensayo macabro del de Pilar Prades:

Teresa Gómez RubioPilar Prades
Actuó en 1940-41Actuó en 1955-59
Criada domésticaCriada doméstica
Usó arsénicoUsó arsénico
Envenenó bebidasEnvenenó alimentos y bebidas
Ejecutada por garrote vilEjecutada por garrote vil
Ejecutada en ValenciaEjecutada en Valencia
Ejecutada por Antonio López SierraEjecutada por Antonio López Sierra

La gran diferencia es que Pilar Prades se convirtió en fenómeno mediático nacional, mientras Teresa Gómez Rubio quedó prácticamente olvidada durante décadas.


La calle Cirilo Amorós y la memoria del crimen

Hoy la calle Cirilo Amorós es una de las zonas más elegantes y cotizadas de Valencia.

Terrazas.
Tiendas exclusivas.
Edificios modernistas.
Vida burguesa.

Pocos peatones imaginan que detrás de una de aquellas fachadas ocurrió una de las historias más oscuras de la crónica negra valenciana.

Una historia donde el terror no llegó con cuchillos ni disparos.

Llegó servido en una taza de café.


Fuentes y referencias

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