Hoy nos incomoda. Nos remueve. Incluso nos provoca rechazo. Pero durante décadas —especialmente entre los siglos XIX y comienzos del XX— fotografiar a los muertos fue una práctica habitual también en Valencia, sobre todo entre las clases acomodadas. Lejos del morbo, aquellas imágenes nacieron como gestos de amor, memoria y despedida en una época en la que la muerte formaba parte de la vida cotidiana.





Basta con asomarse a los fondos de la Biblioteca Valenciana Digital (BIVALDI) para comprenderlo: niños que parecen dormidos, jóvenes recostadas con serenidad, madres que sostienen a sus bebés fallecidos. Rostros detenidos en el tiempo que hoy nos resultan perturbadores, pero que entonces eran profundamente reconfortantes.
Cuando la fotografía llegó al duelo

El retrato post mortem apareció casi al mismo tiempo que la propia fotografía. En 1839, con la presentación pública del daguerrotipo por Louis Daguerre, nació una nueva posibilidad: conservar el rostro de un ser querido cuando ya no estaba. Apenas unos meses después ya se documentan las primeras fotografías realizadas a personas fallecidas.
En una sociedad con altísima mortalidad infantil, aquellas imágenes cumplían una función esencial. Muchas familias no tenían ningún retrato previo del difunto. En no pocos casos, esa fotografía era la única imagen que existiría jamás de ese hijo, de esa madre o incluso de toda la familia.
Valencia, como gran ciudad burguesa y comercial, adoptó pronto esta costumbre.
Dormir, no morir: los códigos visuales del retrato funerario
Nada en estas fotografías era casual. Existían códigos muy precisos:
- Niños representados como dormidos, sin signos visibles de muerte
- Cuerpos cuidadosamente arreglados, rodeados de flores, cojines y telas
- Escenarios domésticos: cunas, sillones, mecedoras
- Últimos retratos familiares, donde vivos y muertos compartían plano
El objetivo no era mostrar la muerte, sino neutralizarla visualmente, construir una imagen serena y digna que ayudara a elaborar el duelo.
Según recogen manuales de la época, los fotógrafos incluso manipulaban la postura del cuerpo o abrían los ojos con utensilios para lograr una apariencia “natural”. Los largos tiempos de exposición, paradójicamente, favorecían el proceso: el modelo no se movía.
Valencia y la memoria fotográfica de la muerte
La cantidad de material conservado en Valencia es tan relevante que el Museu Valencià d’Etnologia dedicó una exposición monográfica a la fotografía post mortem, reuniendo más de ochenta imágenes originales.
La muestra dejó claro algo esencial: no se trataba de una excentricidad macabra, sino de una fase más del rito funerario, tan normalizada como el velatorio o el entierro.
Esta tradición se mantuvo en España hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX, desapareciendo progresivamente a partir de los años setenta y ochenta.
Una tradición mucho más antigua que la fotografía
La necesidad de fijar el rostro del muerto no nació con la cámara. Antes estuvieron:
- Las máscaras mortuorias de cera o yeso
- Los retratos funerarios de El Fayum en el Egipto romano
- Las vanitas barrocas, con su constante memento mori
La fotografía no inventó esa pulsión: la democratizó. Por primera vez, incluso las clases populares podían acceder a un retrato, aunque muchas familias se endeudaron para costearlo. Algunas imágenes llegaron incluso a usarse como documento notarial para herencias o reclamaciones.
De la muerte compartida al tabú moderno
¿Por qué hoy nos resulta tan incómodo mirar estas imágenes?
El historiador Philippe Ariès habló del paso de la mort apprivoisée —una muerte doméstica, asumida y compartida— a una muerte medicalizada, ocultada y expulsada del hogar. En España, el primer tanatorio no se inauguró hasta 1968, y en apenas medio siglo la muerte desapareció de la vida cotidiana.
Estas fotografías nos inquietan no por su crueldad, sino porque nos enfrentan a una relación con la muerte que hemos perdido.
Como escribió Roland Barthes, toda fotografía dice “esto ha sido”. En el retrato post mortem, esa frase se vuelve insoportable porque la muerte ya no es futura: está ahí.
Mirar para entender
Las fotografías post mortem valencianas no fueron pensadas para exponerse ni provocar impacto. Fueron actos íntimos de amor y respeto, creados para acompañar el duelo y preservar la memoria.
Quizá la pregunta no sea por qué nos incomodan hoy, sino qué dice de nosotros esa incomodidad. Durante siglos, la muerte se miró de frente. Hoy la apartamos. Y estas imágenes, silenciosas y serenas, nos recuerdan algo esencial: despedirse también es una forma de amar.