Asi era por dentro la Pobla de les Fembres Pecadrius el barrio amurallado de la prostitucion en Valencia Mediana

Así era por dentro la Pobla de les Fembres Pecadrius, el barrio amurallado de la prostitución en Valencia

7 octubre, 2026

Tras atravesar su única puerta no había un gran prostíbulo, sino calles, pequeñas casas, hostales, huertos y todo un sistema de normas que regulaba la vida cotidiana

Asi era por dentro la Pobla de les Fembres Pecadrius el barrio amurallado de la prostitucion en Valencia Mediana

Imaginemos que estamos en la Valencia de hace quinientos años.

Nos encontramos aproximadamente en el entorno que hoy ocupan Na Jordana, Gutenberg y el IVAM. Delante tenemos un muro y una puerta vigilada.

La atravesamos.

Lo que aparece al otro lado no es un enorme edificio dedicado a la prostitución.

Es algo bastante más sorprendente.

Estamos entrando en un pequeño barrio.

La Pobla de les Fembres Pecadrius estaba formada por calles, pequeñas casas, hostales y huertos. La documentación histórica indica que las calles y la casa del portero pertenecían a la ciudad, mientras que muchas de las viviendas y pequeños huertos situados dentro del recinto eran propiedades particulares.

Es decir, detrás de aquella puerta existía una auténtica trama urbana.

Tres o cuatro calles llenas de pequeñas casas

Tenemos incluso el testimonio de alguien que entró.

Un caballero flamenco que visitó Valencia en 1501 describió la mancebía como un recinto aproximadamente del tamaño de una pequeña población, rodeado por muros y con una sola entrada.

En el interior habló de tres o cuatro calles repletas de pequeñas casas.

También calculó que podía haber entre 200 y 300 mujeres, una cifra que debemos entender como la estimación personal de un viajero y no como un padrón oficial.

Su descripción resulta, sin embargo, extraordinariamente valiosa porque confirma algo que también aparece en la documentación valenciana:

la mancebía era un espacio urbano, no un único establecimiento.

Las mujeres esperaban delante de las casas

Las prostitutas podían vivir en habitaciones pertenecientes a los hostales o en pequeñas viviendas subarrendadas.

Una de las imágenes más características de aquel lugar eran las llamadas “dones de cadira”.

Las mujeres se sentaban delante de las casas esperando a los clientes.

Cuando llegaba la noche, algunas viviendas colocaban una lámpara en la entrada para hacerse visibles.

Podemos imaginar, por tanto, aquellas estrechas calles al anochecer: pequeñas casas, mujeres sentadas ante las puertas, luces en las entradas, hostales y visitantes recorriendo el recinto.

Los hostaleros eran fundamentales

Pero las mujeres no eran las únicas protagonistas.

Una figura esencial era el hostalero.

Una investigación publicada por la Universitat de València permite conocer bastante bien su funcionamiento.

Los hostaleros podían proporcionar alojamiento, comida y bebida y prestar dinero a las mujeres para comprar ropa y adornos.

Esto generaba una importante relación económica entre ambos.

Los investigadores han podido identificar documentalmente 15 hostaleros y al menos 98 mujeres entre 1550 y 1552, aunque advierten de que esto no significa que todas ellas estuvieran simultáneamente en el recinto.

La Pobla era también, por tanto, un negocio.

Hasta se celebraban rifas

Y aquí aparece una de las curiosidades menos conocidas.

En la mancebía se organizaban rifas.

Para hacerlo era necesario solicitar autorización al Justicia Criminal y pagar un canon.

La práctica llegó a ser tan frecuente que en 1547 se abonaron conjuntamente los derechos correspondientes a las rifas de todo el año.

La cantidad registrada fue de 1.530 sueldos.

Es un detalle extraordinario porque nos muestra que el recinto tenía una actividad económica y social bastante más compleja que la simple prestación de servicios sexuales.

A determinada hora, las puertas se cerraban

La Pobla tampoco funcionaba libremente durante toda la noche.

La documentación estudiada por Vicente Graullera muestra que el burdel se cerraba por la noche.

Cada hostalero debía asegurarse de que ninguna persona ajena a su casa permaneciera dentro y de que las puertas quedaran cerradas.

Si incumplía estas obligaciones podía ser sancionado.

Por tanto, la mancebía tenía horarios.

Llegado determinado momento, aquel pequeño barrio nocturno debía vaciarse de visitantes.

Las mujeres necesitaban permiso para salir

El control funcionaba también en sentido contrario.

Las mujeres podían obtener autorización para abandonar temporalmente el recinto, pero estaban obligadas a regresar antes de la oración de la tarde.

Y aquí la documentación nos permite abandonar las generalidades y conocer incluso nombres propios.

Una mujer llamada Catalina Sans fue sancionada porque salió sin autorización y pasó la noche con un hombre.

Otra, Violant de Luna, se ausentó durante dos o tres días sin causa justificada.

Son pequeños episodios conservados en los documentos judiciales que nos permiten acercarnos a la vida real de aquellas mujeres.

No todo pertenecía al Ayuntamiento

Hay otro detalle importante para comprender cómo era físicamente el recinto.

El Ayuntamiento no era propietario de todas las casas.

Las fuentes históricas indican que muchas de las viviendas y pequeños huertos pertenecían a particulares y podían transmitirse mediante ventas y otros negocios jurídicos.

La ciudad controlaba el espacio, regulaba la actividad y mantenía determinados elementos comunes, pero dentro existía también propiedad privada.

Eso explica que la Pobla se pareciera más a un barrio que a un establecimiento municipal.

Un barrio entre huertos

Su ubicación tampoco era casual.

Un informe arqueológico contemporáneo sitúa el Partit, Burdel o Pobla de les Fembres Pecadrius entre las actuales calles Salvador Giner y Corona y lo describe como un barrio cerrado formado por pequeñas casas con jardín.

En este extremo occidental del Carmen todavía existían importantes extensiones de terrenos sin urbanizar y huertos.

Esto cambia bastante la imagen que debemos hacernos del lugar.

No deberíamos imaginar un barrio medieval completamente abarrotado de edificios.

Había casas, calles, pequeños jardines y huertos.

Una ciudad tolerada pero encerrada

La gran contradicción de la Pobla aparece precisamente aquí.

Las autoridades valencianas consideraban moralmente reprobable la prostitución, pero al mismo tiempo preferían concentrarla y regularla.

Por eso existía una puerta.

Por eso había horarios.

Por eso se controlaban las salidas.

Por eso existían hostaleros sometidos a normas.

Y por eso encontramos sanciones, permisos e incluso derechos municipales relacionados con actividades celebradas dentro del recinto.

La prostitución no desaparecía.

Se encerraba detrás de un muro.

Un paseo actual por aquellas calles

Hoy no encontraremos las pequeñas casas descritas por los viajeros del siglo XVI.

Tampoco veremos mujeres sentadas ante las puertas ni lámparas anunciando los establecimientos.

Los huertos prácticamente han desaparecido y la transformación urbana ha borrado la mayor parte de aquel paisaje.

Pero todavía podemos caminar por el mismo sector de Valencia.

Na Jordana, Gutenberg, Huertos, Corona, Salvador Giner y el entorno del IVAM permiten reconstruir aproximadamente el escenario.

Y sabiendo lo que había detrás de aquella puerta, el paseo cambia completamente.

Porque donde actualmente vemos edificios, calles y equipamientos culturales existió durante siglos un pequeño barrio dentro de Valencia con sus propias casas, negocios, habitantes, horarios y normas.

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