El Estadio de Mestalla no es solo un recinto deportivo. Es memoria viva de Valencia, símbolo de identidad colectiva y escenario de casi un siglo de emociones. Su origen se remonta a una decisión clave tomada en los años veinte, cuando el crecimiento del club hizo inevitable abandonar el viejo campo de Algirós y dar un salto decisivo hacia el futuro.
El adiós al Campo de Algirós

Durante los primeros años de vida del Valencia CF, el fútbol se jugaba en el Campo de Algirós, una instalación modesta que pronto quedó pequeña. El aumento de socios y la consolidación del club como referente deportivo en la ciudad exigían un nuevo espacio, más amplio y moderno, capaz de acoger a una afición cada vez más numerosa.

La directiva era consciente de que no se trataba solo de cambiar de campo, sino de construir un estadio que representara la ambición de un club joven pero decidido a crecer.



1923: la firma que cambió la historia
El 16 de enero de 1923 se firmó la escritura de compraventa de unos terrenos situados junto a la acequia de Mestalla. Aquella fecha marcaría un antes y un después en la historia del valencianismo. El solar, de carácter agrícola, se convirtió en la base sobre la que se levantaría el nuevo estadio.
El coste inicial de la operación fue de 316.439 pesetas, una cifra considerable para la época. Sin embargo, las obras de adecuación del terreno y la construcción de las primeras gradas elevaron el gasto total hasta las 588.304 pesetas.
Un estadio construido a plazos
El club no disponía de recursos suficientes para afrontar la compra de manera inmediata, por lo que se optó por una fórmula habitual en aquellos años: un contrato de arrendamiento con opción de compra. Durante una década, el Valencia fue abonando las cantidades pactadas hasta que, finalmente, en 1933, el estadio y los terrenos pasaron a ser propiedad definitiva del club.
Este esfuerzo económico sostenido en el tiempo demuestra hasta qué punto Mestalla fue una apuesta estratégica y vital para la supervivencia y el crecimiento del Valencia CF.
El papel de Francisco Almenar Quinzá
El proyecto de construcción fue encargado al arquitecto valenciano Francisco Almenar Quinzá, una figura clave en esta etapa fundacional. Almenar no solo diseñó el estadio, sino que además era socio del club y llegaría a convertirse posteriormente en presidente del Valencia CF.
Su implicación personal se refleja en un diseño funcional, sobrio y adaptado a las necesidades reales de la época, con gradas cercanas al terreno de juego que acabarían definiendo el carácter intimidante y pasional de Mestalla.
Mestalla, mucho más que un estadio
Desde su inauguración, el Estadio de Mestalla se convirtió en un símbolo urbano y emocional. Ha sobrevivido a guerras, reformas, ampliaciones y generaciones enteras de aficionados. Sus gradas han visto títulos, descensos, remontadas imposibles y noches europeas inolvidables.
Mestalla no es solo hormigón y césped. Es un lugar donde la historia del Valencia CF se entrelaza con la de la ciudad, un espacio donde cada asiento guarda un recuerdo y cada partido añade una nueva página a una leyenda que comenzó, humildemente, con una firma en 1923.
Un legado que sigue vivo
A punto de cumplir su centenario, Mestalla continúa siendo uno de los estadios con más personalidad de Europa. Su origen, marcado por el esfuerzo económico, la visión de futuro y el compromiso de quienes creyeron en el proyecto, explica por qué sigue siendo hoy un referente emocional para el valencianismo.
Porque Mestalla no se entiende solo por lo que ha albergado, sino por todo lo que ha significado… y sigue significando.