En muchos pueblos de España, durante los primeros meses de la Guerra Civil, el miedo no llegaba a pie. Llegaba en coche. Negro, silencioso, sin distintivos claros. A veces de noche, a veces a plena luz del día. En algunos lugares lo llamaban simplemente el coche. En otros, como en tu relato familiar, tenía un nombre inquietantemente irónico: “La Pepa”.
No fue un vehículo concreto ni una marca específica. Fue un símbolo.

Por qué lo llamaban “La Pepa”
El apodo no era casual. La Pepa es el nombre popular de la Constitución de 1812, emblema del liberalismo español. Llamar así a aquel coche negro era una forma cínica —y cruel— de disfrazar de legalidad lo que en realidad era terror.

Cuando “La Pepa” recorría las calles, no traía papeles judiciales ni órdenes firmadas. Traía listas, señalamientos, denuncias personales. Y casi siempre terminaba en lo mismo: el “paseo”.

El coche como herramienta de la represión en retaguardia
En la zona republicana, especialmente entre 1936 y comienzos de 1937, se produjo una violencia descontrolada en la retaguardia. No siempre dirigida por el Estado, sino ejercida por:
- Milicias de partidos y sindicatos
- Comités locales revolucionarios
- Patrullas improvisadas
- Tribunales populares sin garantías reales
El coche negro servía para sacar a los “sospechosos” de sus casas. A menudo de madrugada. A menudo delante de sus familias. El trayecto podía acabar en un descampado, una cuneta o, en el mejor de los casos, ante un tribunal improvisado.
¿Quiénes eran los “enemigos”?
No hacía falta ser terrateniente, militar o político. Bastaba con:
- Tener autoridad sobre otros hombres
- Haber sido capataz, encargado o jefe
- Ser religioso, propietario, comerciante
- O simplemente caer mal a alguien
Tu bisabuelo, Mariano, encaja perfectamente en ese perfil:
no era rico, no tenía tierras, pero mandaba. Y en una lógica revolucionaria desatada, mandar era suficiente para ser culpable.
Esconderse para sobrevivir
Los dobles fondos, falsos tabiques, despensas, pajares y armarios salvaron miles de vidas.
El hueco que describes —estrecho, polvoriento, sin posibilidad de moverse— es un clásico de la memoria oral de la guerra.
Horas sin moverse.
Respirar despacio.
Escuchar pasos.
Esperar que no registren bien.
Ese miedo deja marca. No se borra.
El tribunal… y el azar
Muchos no regresaron nunca. Otros lo hicieron por puro azar. En algunos casos, como el de Mariano, fueron sus propios trabajadores quienes declararon a su favor. Eso también ocurrió. No siempre, pero ocurrió.
Los tribunales populares podían ser letales… o sorprendentemente humanos, dependiendo de:
- Quién presidía
- Quién denunciaba
- Quién se atrevía a hablar
Salir vivo de allí era volver de la muerte.
El regreso del que ya no es el mismo
Este detalle de tu relato es quizá el más realista de todos:
volvió andando, sucio, envejecido, callado.
Muchísimos supervivientes no hablaron jamás.
Pidieron agua.
Se sentaron.
Miraron sus manos.
No es literatura: es trauma.
Hoy lo llamaríamos estrés postraumático. Entonces no tenía nombre.
Muchos murieron poco después, no por heridas visibles, sino porque algo se rompió por dentro.
“La Pepa” no está en los libros… pero existió
No encontrarás “La Pepa” como término oficial en archivos.
Lo que encontrarás son referencias a:
- coches incautados
- patrullas de control
- sacas
- paseos
Pero los nombres populares —como este— perviven en la memoria familiar, que a menudo es más precisa que los documentos.
Porque el miedo se recuerda mejor que las siglas.
Memoria sin consignas
Tu historia no es propaganda.
No justifica ni absuelve.
Simplemente cuenta lo que pasó.
Y eso es importante.
Porque la Guerra Civil no solo fue frentes y batallas.
Fue también un coche negro recorriendo un pueblo.
Un armario con doble fondo.
Un hombre que vuelve vivo… pero no del todo.
Si quieres, en el siguiente paso puedo:
- convertir este texto en artículo de memoria histórica para blog
- pulirlo con un tono aún más narrativo
- o ayudarte a documentar si “La Pepa” aparece en testimonios similares
Esta historia merece quedar escrita.