Cada mes de enero, València revive una de sus tradiciones religiosas más antiguas y menos conocidas fuera del ámbito local: la misa en honor al bautismo de San Vicente Ferrer. Se trata de una celebración profundamente simbólica que conecta a la ciudad con su pasado medieval, con la fe popular y con la figura de uno de sus hijos más universales.










Esta misa no conmemora la muerte del santo ni sus grandes gestas como predicador, sino un momento íntimo y fundacional: el día en que fue bautizado en València, cuando todavía era solo un recién nacido más en una ciudad que aún no podía imaginar su futura relevancia.
El nacimiento de un valenciano universal
San Vicente Ferrer nació en València el 23 de enero de 1350, en una ciudad que vivía un periodo de crecimiento económico y espiritual dentro de la Corona de Aragón. Apenas un día antes se había celebrado la festividad de San Vicente Mártir, patrón de la ciudad, una coincidencia que la tradición interpretó pronto como un signo providencial.
Siguiendo la costumbre medieval, el niño fue bautizado pocas horas después de nacer, un gesto habitual en una época marcada por la alta mortalidad infantil. El bautismo tuvo lugar en la Iglesia de San Esteban Protomártir, uno de los templos más antiguos de la ciudad y parroquia de referencia para buena parte de la València del siglo XIV.
La pila bautismal: un símbolo cargado de memoria
Uno de los elementos que otorgan singularidad a esta tradición es la pila bautismal original, que aún se conserva en la iglesia de San Esteban. Según la tradición, en ella fueron bautizados tanto San Vicente Ferrer como San Luis Bertrán, otro santo valenciano destacado.
Este detalle convirtió al templo en un lugar de peregrinación y memoria colectiva, y dio pie a que, con el paso de los siglos, se consolidara la costumbre de celebrar una misa específica en recuerdo del bautismo del santo, no solo como acto litúrgico, sino como homenaje a sus raíces valencianas.
Origen histórico de la misa conmemorativa
Las primeras referencias documentales a actos religiosos vinculados al bautismo de San Vicente Ferrer aparecen a partir del siglo XVI, cuando su figura ya gozaba de gran veneración tras su canonización en 1455. A partir de entonces, València comenzó a estructurar un calendario propio en torno a sus dos grandes Vicentes: el Mártir y el dominico.
La misa en honor al bautismo se fue fijando en torno al 22 de enero, víspera del nacimiento del santo y coincidiendo con los actos dedicados a San Vicente Mártir. Esta cercanía temporal reforzó la idea de continuidad espiritual entre ambos patrones y consolidó una tradición que ha llegado hasta nuestros días.
La misa y los actos tradicionales
La misa solemne se celebra tradicionalmente en la Iglesia de San Esteban, con especial protagonismo de la pila bautismal. En ella se recuerda no solo el bautismo del santo, sino también su posterior trayectoria como predicador, teólogo y figura clave de la Europa bajomedieval.
A lo largo del tiempo, la celebración litúrgica se ha visto acompañada de elementos populares y simbólicos, como:
- Representaciones históricas del bautismo
- La presencia de personajes ataviados a la manera medieval
- Actos procesionales y visitas devocionales al templo
Todo ello refuerza el carácter de fiesta de memoria, más que de espectáculo, donde la ciudad se reconoce a sí misma en su pasado.
Significado religioso y cultural
Desde el punto de vista religioso, la misa pone el acento en el bautismo como inicio de la vida cristiana, recordando que incluso las figuras más extraordinarias comienzan su camino desde la sencillez.
Desde una perspectiva cultural, esta celebración es una de las mejores muestras de cómo València ha sabido conservar tradiciones medievales vivas, integrándolas en el presente sin perder su sentido original. No es una fiesta masiva, pero sí profundamente identitaria.
Un legado que sigue vivo
Hoy, la misa en honor al bautismo de San Vicente Ferrer sigue celebrándose como un acto de recogimiento, historia y continuidad, lejos del ruido y muy cerca de la esencia de la ciudad. Es una tradición que recuerda que València no solo celebra a sus santos por lo que hicieron, sino también por el vínculo íntimo que los une a su tierra.
En un calendario festivo cada vez más acelerado, esta misa permanece como un pequeño anclaje al pasado, una forma de decir que la historia, cuando se cuida, sigue hablando al presente.