
Hay lugares de Valencia que pasan desapercibidos a diario y, sin embargo, encierran una historia tan poderosa como desconocida. Uno de ellos es el Banco de los Magistrados, una pieza de piedra solemne, hoy algo olvidada, situada junto al pretil del antiguo cauce del río Turia, en el Paseo de la Pechina, entre los puentes del 9 d’Octubre y Campanar, frente al actual Colegio Público 9 d’Octubre, instalado en lo que fue la antigua cárcel de mujeres.



A simple vista puede parecer un banco más. Pero no lo es. Es un auténtico puesto de control institucional del siglo XVIII, un testigo directo de cómo se organizaba la vida económica, urbana y constructiva de la Valencia preindustrial.
Una fecha grabada en piedra: 1756
En la parte posterior del banco puede leerse —cuando el abandono o los grafitis lo permiten— una fecha clave: 1756. Ese año marca la construcción de este asiento monumental, concebido no para el descanso, sino para la vigilancia, el control y la autoridad.
El banco fue diseñado y ejecutado para uso exclusivo de los magistrados de la Junta de Murs i Valls, una institución fundamental en la historia de la ciudad, heredera directa de los antiguos organismos medievales encargados de las murallas, los fosos, los márgenes del río y, en general, de las infraestructuras estratégicas de Valencia.
La Junta de Murs i Valls y el gobierno del río
Durante siglos, el río Turia no fue solo un elemento natural: era una vía de transporte esencial. Por él descendían, desde las sierras del interior, miles de troncos destinados a la construcción de casas, iglesias, puentes y murallas.
La Junta de Murs i Valls tenía la responsabilidad de controlar la entrada de esta madera, verificar su cantidad, calidad y destino, y evitar fraudes o usos indebidos. Para ello necesitaba un lugar elevado, visible y estable desde el que observar el cauce. Ese lugar fue el Banco de los Magistrados.
Los ganxers: una profesión desaparecida
La madera llegaba flotando por el río conducida por los ganxers, trabajadores especializados que, armados con largos ganchos de hierro, guiaban los troncos por el cauce. Era un oficio extremadamente peligroso: resbalones, golpes, crecidas repentinas y ahogamientos eran riesgos habituales.
Desde el banco, los magistrados observaban este proceso delicado, controlando que la madera entrara correctamente en la ciudad. No era una tarea menor: sin madera no había ciudad.
Un balcón sobre el Turia
Uno de los elementos más curiosos del banco es su saliente frontal, una especie de pequeño balcón pétreo que permitía asomarse directamente al río. Este detalle no es decorativo: responde a una función práctica de vigilancia.
Desde allí se tenía una vista privilegiada del cauce y del tránsito de troncos, reforzando el carácter institucional del lugar. El banco no era un elemento urbano pasivo, sino una herramienta de gestión.
Del banco al embarcadero de Serranos
Una vez controlada la entrada de la madera, los troncos eran dirigidos hacia el embarcadero situado en el Puente de Serranos, uno de los principales puntos logísticos de la ciudad. Desde allí se distribuían a las distintas obras en marcha dentro de Valencia.
Este circuito —río, banco, embarcadero— formaba parte de una cadena perfectamente organizada, que explica en gran medida el crecimiento urbano de la ciudad en la Edad Moderna.
Estética barroca y poder institucional
El Banco de los Magistrados presenta una estética barroca, con un respaldo polilobulado de gran movimiento, típico del siglo XVIII. No se trata de un adorno casual: el lenguaje barroco estaba asociado al poder, a la solemnidad y a la autoridad.
Sentarse allí no era un gesto trivial. Era ocupar un lugar de poder, visible para todos los que transitaban por el río o por el camino contiguo.
Abandono y memoria
Hoy, el banco se encuentra en un estado que contrasta con su pasado. El tráfico, la falta de señalización y periodos de abandono han contribuido a que muchos valencianos pasen junto a él sin saber qué es ni para qué sirvió.
Y, sin embargo, sigue ahí. Resiste. Permite que cualquiera se siente y, si se det say un momento, respire la historia de una ciudad que se construyó tronco a tronco, río abajo.
Un patrimonio que merece respeto
El Banco de los Magistrados no es solo una curiosidad urbana. Es un documento histórico en piedra, una pieza única que habla de gestión municipal, de trabajo duro, de economía y de ciudad.
Conservarlo, señalizarlo y explicarlo no es un capricho: es una forma de reconectar Valencia con su propio pasado, con esas pequeñas grandes historias que hacen que una ciudad tenga alma.
Porque a veces, para entender una ciudad, basta con sentarse en el banco adecuado.