València vivió este sábado una noche poco habitual en los grandes recintos musicales. El Roig Arena colgó el cartel de completo con las 12.000 localidades agotadas en el debut del director y violinista neerlandés André Rieu en la ciudad, en un espectáculo que convirtió la música clásica en una auténtica fiesta popular.
Con su inseparable violín y al frente de su orquesta, Rieu transformó el recinto en una gran sala sinfónica de formato monumental. El espectáculo, más cercano al teatro musical que al concierto académico, recreó una estética inspirada en el siglo XIX, con guiños constantes al humor, la emoción y el romanticismo del vals.
Clásica sin solemnidad, pero con emoción
Lejos de una interpretación rígida o historicista, Rieu volvió a demostrar por qué es uno de los músicos clásicos más populares del mundo. Su fórmula es clara: democratizar el repertorio clásico, acercarlo a todos los públicos y convertirlo en una experiencia compartida. Y València respondió.
En las gradas se mezclaban seguidores fieles que llevan décadas siguiéndolo, familias que han hecho de sus conciertos una tradición y aficionados llegados desde distintos puntos para no perderse la cita. Muchos terminaron bailando desde sus asientos, contagiados por el ritmo del vals más universal.
El Roig Arena se estrena como gran sala sinfónica
La cita supuso también una prueba de fuego para el Roig Arena como espacio capaz de acoger grandes producciones sinfónicas. La acústica, la puesta en escena y la respuesta del público confirmaron su versatilidad como nuevo referente cultural de la ciudad.
Con una combinación de música, teatralidad y cercanía, André Rieu logró lo que pocos directores clásicos consiguen: hacer que la música sinfónica deje de ser contemplativa para convertirse en celebración. Y durante una noche, València bailó al compás de sus valses.