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Valencia 1955: cuando el Biscúter sorprendió a la ciudad

22 enero, 2026
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En la primavera de 1955, Valencia asistió a una escena que, aunque hoy pueda parecer anecdótica, en su momento causó auténtica sorpresa y curiosidad entre vecinos y transeúntes. Tal y como recoge una imagen publicada por Las Provincias y conservada en la obra Cien años de Historia Gráfica de Valencia, un pequeño y extraño vehículo a motor comenzó a aparecer por las calles del centro urbano. Su nombre era tan peculiar como su aspecto: Biscúter.

Aquel microcoche, casi de juguete a ojos actuales, se convirtió durante unas semanas en uno de los temas de conversación más repetidos en cafés, mercados y corrillos callejeros.

Un coche diminuto para una ciudad que despertaba

La Valencia de mediados de los años cincuenta era todavía una ciudad marcada por la posguerra. Las calles estaban dominadas por peatones, bicicletas, tranvías, motocicletas y algún que otro vehículo de mayor tamaño. El automóvil privado seguía siendo un lujo reservado a muy pocos.

En ese contexto, la irrupción del Biscúter resultó chocante. Pequeño, bajo, ligero y con una estética radicalmente distinta, parecía desafiar la idea tradicional de lo que debía ser un coche. Allí donde pasaba, atraía miradas, sonrisas e incluso comentarios irónicos.

¿Qué era exactamente el Biscúter?

El Biscúter fue un microcoche fabricado en España entre 1953 y 1960 por la empresa Autonacional S.A., inspirado en un diseño previo del ingeniero francés Gabriel Voisin. Su nombre procedía de la adaptación española de Biscooter, una contracción de “bi-scooter”, es decir, una especie de scooter con cuatro ruedas.

Su concepción respondía a una necesidad muy concreta: ofrecer movilidad barata y accesible en un país con escasez de recursos y restricciones económicas. No buscaba lujo ni comodidad, sino simplemente permitir desplazamientos a quienes hasta entonces solo podían caminar o pedalear.

Un diseño tan simple como polémico

El Biscúter destacaba por su extrema sencillez técnica. Contaba con un motor monocilíndrico de dos tiempos, una potencia muy limitada y un peso reducido. Las primeras versiones carecían incluso de puertas y marcha atrás, detalles que hoy resultan casi impensables.

Su carrocería minimalista y su aspecto frágil le valieron pronto una fama peculiar. En el lenguaje popular llegó a popularizarse la expresión “feo como un Biscúter”, reflejo de la percepción que muchos tenían de aquel vehículo extraño que parecía más un experimento que un automóvil convencional.

El impacto en las calles de Valencia

Cuando los primeros Biscúter comenzaron a circular por Valencia, lo hicieron como una auténtica novedad urbana. No eran numerosos, pero bastaban unos pocos para alterar la rutina visual de la ciudad. Allí donde aparecían, rompían la monotonía del tráfico y simbolizaban una tímida modernización.

La fotografía de 1955 es especialmente valiosa porque captura ese instante exacto en el que la ciudad tradicional y la nueva movilidad motorizada conviven. El Biscúter no solo se desplaza por la calle: introduce una idea, la de que el coche podía dejar de ser un privilegio.

Un precursor de la motorización popular

Aunque su vida comercial fue relativamente corta, el Biscúter cumplió una función histórica fundamental. Fue uno de los primeros vehículos que democratizó el acceso al transporte a motor en España, anticipando lo que pocos años después supondría la llegada del Seat 600.

En ciudades como Valencia, estos microcoches fueron un símbolo de transición, un puente entre la ciudad de posguerra y la Valencia en expansión económica de los años sesenta.

Del asombro al recuerdo

Con la mejora de la economía y la llegada de automóviles más completos y asequibles, el Biscúter quedó rápidamente obsoleto. Muchos acabaron desguazados; otros sobrevivieron como rarezas mecánicas en garajes y almacenes. Hoy son piezas de coleccionista y de museo.

Sin embargo, aquella primavera de 1955, el Biscúter fue mucho más que un coche pequeño: fue una señal de cambio. Un objeto humilde que, durante un breve instante, hizo que Valencia mirara al futuro con curiosidad, sorpresa y cierta incredulidad.

Una imagen, una calle y un microcoche bastan para recordarnos que la historia de la ciudad también se escribe a ras de asfalto, en los detalles más modestos y, a veces, más entrañables.

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