Avanzada la segunda mitad del siglo XX, Valencia vivió una etapa de ocio singular hoy casi olvidada. Lejos de espectáculos sangrientos como las peleas de gallos, surgieron nobles competiciones de velocidad, duelos entre animales basados en la destreza, la técnica y la emoción de la carrera. Entre ellas, las carreras de galgos tras una liebre mecánica, un fenómeno breve pero intenso que dejó huella en la memoria urbana.



El Canódromo Avenida: el primero de Valencia
El 16 de junio de 1961 se bendijo el Canódromo Avenida, el primer recinto de este tipo en la ciudad. Situado en el número 127 de la avenida del Puerto, entre las calles José Brell y Muñiz H. de Alba, fue concebido como un estadio moderno para la época.

La pista contaba con 114 metros de longitud y una tribuna junto a la recta principal de llegada, con capacidad para 300 espectadores sentados. Sobre ella se alzaba una galería superior que daba acceso a las taquillas y al bar, convirtiendo el recinto en un espacio de ocio completo para las tardes de carreras. Allí, los galgos perseguían una liebre mecánica siempre inalcanzable, símbolo del propio espíritu del espectáculo.
El Canódromo de la Cruz Cubierta: carreras entre huertas
A la aventura del Avenida se sumó poco después el Canódromo de la Cruz Cubierta, levantado en un entorno muy distinto. Este recinto se edificó en medio de huertas y descampados, entre las calles Pío XI y Tomás de Villarroya, junto a lo que hoy es la ronda sur de la ciudad.
A diferencia del Avenida, plenamente integrado en una avenida urbana, el de Cruz Cubierta ofrecía una imagen casi rural, en una Valencia que aún no había terminado de expandirse hacia el sur. Precisamente ese contraste forma parte hoy de su encanto histórico: galgos corriendo a toda velocidad en un paisaje todavía agrícola, a las puertas de una ciudad en plena transformación.
Un espectáculo efímero
Durante algo más de dos décadas, las carreras de galgos fueron una opción de ocio popular para muchos valencianos. Sin embargo, el interés por este tipo de competiciones fue decayendo progresivamente y, a mediados de los años ochenta, ambos canódromos dejaron de funcionar.
El paso del tiempo borró casi cualquier rastro físico. En el solar del Canódromo Avenida se levanta hoy una manzana de fincas residenciales, mientras que la antigua ubicación del canódromo de Cruz Cubierta resulta especialmente curiosa: en un guiño involuntario a la historia, el lugar acoge hoy el Espai Rambleta, otro espacio cultural que, como la vieja Gallera, volvió a dotar de vida pública a la zona.

Galgos y caballos: la obsesión por el deporte-espectáculo
Coincidiendo en el tiempo con las carreras de galgos, en Valencia emergió también un interés por el turf, esta vez con caballos como protagonistas. En la pedanía de El Saler, el Ayuntamiento impulsó la construcción de un hipódromo, integrado en un ambicioso —y con el tiempo cuestionado— proyecto deportivo.
Aquella iniciativa fue el preludio de otras grandes apuestas municipales posteriores: la Copa del América, la Fórmula 1, la Global Champions Tour de Hípica o el intento de organizar unos Juegos Europeos. Ya entonces, la ciudad ensayaba un modelo de grandes infraestructuras deportivas marcado por el entusiasmo, la improvisación y un cierto aire de megalomanía.
Una Valencia que ya no existe
Los canódromos de Valencia forman parte de esa ciudad desaparecida, donde el ocio, el deporte y la modernidad se ensayaban sin saber aún qué quedaría y qué se perdería por el camino. Hoy no quedan pistas, gradas ni liebres mecánicas, pero sí el recuerdo de una época en la que los galgos corrían entre huertas y avenidas, y Valencia soñaba —una vez más— con ser escenario de grandes espectáculos.
Porque la historia de la ciudad también se escribe en estos recintos olvidados, donde durante unos años, la velocidad fue la auténtica protagonista.