Mucho antes de convertirse en uno de los grandes iconos turísticos del Mediterráneo, Benidorm era poco más que un pueblo de pescadores, con una playa tranquila, un único hotel y una cafetería frente al mar. Nadie imaginaba entonces que un gesto aparentemente sencillo —una mujer posando en bikini— iba a proyectar su nombre mucho más allá del horizonte.
Esa mujer fue Beatriz de Lenclós, actriz y vedette de prestigio, que sin proponérselo acabó vinculada a uno de los grandes símbolos de la transformación social y turística de España.
Una escapada que terminó siendo histórica

En 1954, tras una intensa gira teatral, Beatriz buscaba algo muy concreto: descanso. Su agente le recomendó un destino discreto, lejos del bullicio y de los focos, donde pudiera pasar unos días sin maquillaje ni compromisos. Así llegó a Benidorm, cuando aún no figuraba en los mapas turísticos.
La actriz quería disfrutar del mar con comodidad. Para ello recurrió a dos nombres fundamentales de la alta costura española: Manuel Pertegaz y Cristóbal Balenciaga. Entre ambos diseñaron para ella un bañador de dos piezas sobrio, elegante y sin mostrar el ombligo. Aun así, para la España de los años cincuenta, aquello era toda una provocación.
La imagen que dio la vuelta al mundo
Un año después, ya acompañada por el ingeniero benidormense Maximiliano Vaello Llorca, Beatriz se dejó fotografiar en la Playa de Levante luciendo aquel bañador. Las imágenes no buscaban escándalo ni publicidad, pero terminaron convirtiéndose en un símbolo.
Sin pretenderlo, la actriz se convirtió en la primera mujer española asociada al uso del bikini en una playa nacional. Aquellas fotografías se sumaron, de forma casi silenciosa, a un proceso que estaba a punto de transformar el país: la llegada masiva de turistas extranjeros y una nueva forma de entender el ocio, el cuerpo y la libertad.
Benidorm, entre la moral y el futuro

El bikini no fue solo una prenda. Fue un campo de batalla. Mientras las visitantes extranjeras lo utilizaban con normalidad, en España seguía siendo motivo de sanciones y escándalos. La tensión entre tradición, religión y modernidad se hizo visible en las playas.
En ese contexto, Benidorm se convirtió en laboratorio del cambio. La firme defensa del turismo como motor económico y social permitió que la ciudad avanzara hacia una mentalidad más abierta, adelantándose a muchas otras zonas del país. El bikini terminó imponiéndose, y con él llegó una nueva era.
Una vida artística brillante
Más allá de aquella imagen icónica, Beatriz de Lenclós tuvo una carrera artística sólida y respetada. A los 12 años ya compartía escenario con figuras legendarias de la danza española. En los años cuarenta debutó en el cine y se consolidó como primera figura en los teatros de la Gran Vía madrileña.

Fue pareja artística de grandes intérpretes musicales, grabó discos y destacó por un estilo elegante y contenido que le granjeó un respeto especial, especialmente entre el público femenino. En un mundo dominado por el exceso, ella representó una forma distinta de ser vedette.
El símbolo de una España que despertaba
Beatriz se estableció definitivamente en Benidorm en 1956, donde formó una familia y vivió durante décadas. Con el paso del tiempo, su figura fue reconocida no solo como artista, sino como testigo directo de una transformación histórica.
En 2018, la ciudad recordó el aniversario de la llegada del bikini con un homenaje que unió memoria, turismo y cambio social. Allí estuvo ella, la mujer que, sin discursos ni pancartas, ayudó a colocar Benidorm —y a España— en el centro de una nueva mirada al mundo.
Porque a veces la historia no empieza con grandes discursos, sino con una playa tranquila, una cámara y un bikini que llegó antes de tiempo.