Hoy cuelga en silencio dentro de la Catedral de València. Oxidada, pesada, casi inmóvil. Pero durante siglos fue símbolo de poder, guerra y dominio marítimo. La cadena del puerto de Marsella no es un simple objeto histórico: es la huella material de una noche decisiva del Mediterráneo medieval.

Una noche en la que una flecha, disparada con precisión imposible, abrió un puerto que se creía inexpugnable.
El Mediterráneo en tensión
En el otoño de 1423, el Mediterráneo occidental era un tablero de alianzas, rivalidades y ambiciones. La Corona de Aragón, bajo el mando de Alfons el Magnànim, luchaba por afianzar su dominio sobre el Reino de Nápoles. Marsella, aliada de la Casa de Anjou, se convirtió en un objetivo estratégico de primer orden.
La ciudad francesa confiaba en su mayor defensa: el puerto viejo estaba cerrado por una enorme cadena de hierro tendida entre torres, diseñada para impedir la entrada de cualquier flota enemiga. Mientras ese hierro resistiera, Marsella se sabía a salvo.
La noche en que el hierro cedió
Entre el 20 y el 23 de noviembre de 1423, la flota aragonesa apareció frente a la costa. Las crónicas no coinciden en una fecha exacta, pero sí en el momento decisivo: una flecha de ballesta impactó en el punto más vulnerable de la cadena.

El disparo ha sido atribuido, según las fuentes, a caballeros como Romeu de Corbera o Bernat de Centelles. Más allá del nombre, lo esencial es el resultado. El hierro, fatigado por el tiempo y la tensión constante, se partió. El estruendo metálico anunció lo impensable: el puerto había quedado abierto.
Las naves aragonesas entraron. Marsella cayó.
Más que una victoria militar
El saqueo tuvo consecuencias políticas y simbólicas que superaron lo estrictamente bélico. La caída de la cadena demostró que el poder naval de Alfons el Magnànim no encontraba límites en el Mediterráneo.
Pero en la mentalidad del siglo XV, la victoria no se explicaba solo por la estrategia o la fuerza. Se interpretaba como un favor divino.
De botín de guerra a ofrenda sagrada
En 1424, los fragmentos de la cadena y la flecha que la rompió llegaron a València. El propio rey los ofreció como exvoto a la Catedral de València. No era un gesto propagandístico, sino un acto profundamente simbólico: agradecer públicamente la protección divina recibida.
Durante siglos, estos restos colgaron visibles en el altar mayor de la Seo. No solo recordaban una hazaña naval, sino que proclamaban el papel de València como capital mediterránea de un reino en expansión.
La cadena hoy: memoria suspendida
Actualmente, la cadena y la flecha se conservan en la Capilla del Santo Cáliz. Ya no protegen puertos ni detienen flotas, pero siguen contando una historia poderosa.
Hablan de un Mediterráneo en guerra, de ciudades fortificadas y de una noche en la que una sola flecha alteró el destino de una ciudad entera. Y hablan también de València, convertida en guardiana de un objeto donde se cruzan fe, poder y memoria.
El hierro permanece. La historia también.
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